La colaboración entre Albert Oehlen (Krefeld, 1954) y
Jonathan Meese (Tokio, 1970) se inscribe en una tradición de diálogo a dos
manos que ambos artistas convirtieron, en torno a 2002-2003, en uno de los
proyectos más radicales de la pintura alemana de su generación. Oehlen, formado
con Sigmar Polke en Hamburgo y vinculado a los Neue Wilde, había desarrollado
desde los años ochenta una pintura deliberadamente “post-non-representational”
—término del artista que podría traducirse como “post-no-figurativa”— que
disuelve las fronteras entre abstracción e imagen. Meese, cuya obra se mueve
entre la performance, la pintura y la mitología personal de vocación
provocadora, aportó al proyecto una energía rayana en el automatismo. El
proceso era tan simple como productivo: la obra se iniciaba, se cedía al otro y
volvía a cambiar de manos hasta perder cualquier rastro de autoría individual.
Portrait XII es una de las piezas más densamente materiales
de la serie. La superficie está construida mediante empaste acumulado con
espátula, formando relieves que proyectan sombra propia y convierten el lienzo
en un objeto táctil tanto como visual. De ese magma emergen formas que sugieren
una cabeza frontal. La paleta combina
tierras y ocres con turquesas, violetas y negro. No hay contorno, no hay modelado: la
fisionomía se lee por masa y por ausencia, no por línea. La pintura no
representa un rostro; es la condición de posibilidad de que un rostro aparezca.
La Colección Iberdrola conserva tres obras de esta serie (Portrait XII, VIII y XIV),
lo que permite leer la pieza en el contexto de un proyecto sostenido que ha
sido estudiado como uno de los episodios más singulares de la colaboración
entre pintores en el arte europeo reciente.
La colaboración entre Oehlen y Meese ha sido presentada en
galerías y espacios internacionales, consolidando este proyecto como un
episodio de importancia dentro de sus respectivas trayectorias.