Inés Medina (Cáceres, 1950), afincada en Bilbao desde la
infancia, estudió Bellas Artes en la Facultad de Leioa, donde se doctora en 1989.
Su formación coincidió con la de una generación decisiva: en aquellos años
expuso y trabajó junto a Txomin Badiola, Juan Luis Moraza y Darío Urzay, y en
1981 participó en la Exposición de Geométricos Vascos en el Museo San Telmo de
Donostia-San Sebastián. Posteriormente vivió en Madrid antes de trasladarse a
Nueva York en 1995, donde desarrolló su carrera durante 15 años. Su práctica se articula en torno a una
investigación sistemática del color, la geometría y los espacios, organizada en
22 series conceptuales, desarrolladas a lo largo de cinco décadas. La pintura
se convierte así, para Medina, en herramienta de conocimiento de la realidad
equivalente a la ciencia o la filosofía.
Las obras Palpitación negativa y Palpitación positiva (1990)
forman parte de su extensa búsqueda plástica, caracterizada por la abstracción
geométrica y la división del plano. Estas piezas se enmarcan, en forma de
díptico, dentro de Serie 06 (1980-1991) llamada “La imagen potencial”. En ambas resuena la influencia de Piet Mondrian
de quien la artista ha dicho “nos dejó desnudos ante el espejo: dejó señalados
los puros y básicos elementos plásticos y la superficie plana por delante (...)
Con Mondrian la pintura vuelve a partir de cero”.
En Palpitación negativa , la estructura compositiva es
idéntica a la de su obra hermana: mismo formato cuadrado, mismo campo azul,
mismo rectángulo interior desplazado hacia la izquierda, mismo marco amarillo.
Lo que cambia es exactamente lo que el título nombra. Donde Palpitación
positiva situaba un rojo de máxima energía, aquí hay un gris-antracita: color
frío, que absorbe la luz en lugar de irradiarla, que retrocede en el espacio
perceptivo en lugar de avanzar. La palpitación es negativa en el sentido fotográfico
y energético del término —un repliegue, una absorción, una presencia que se
niega a proyectarse. El exterior del lienzo refuerza esta inversión: donde la
obra positiva se abría en blanco, aquí el borde es negro. El amarillo es el
único elemento que permanece invariable en las dos obras. Su presencia en ambas
no es neutral: el amarillo es el color de mayor luminosidad del espectro
visible, y al enmarcarlo en ambas piezas actúa como denominador común, como
unidad de medida que hace legible la diferencia. La geometría no cambia; cambia
la temperatura de lo que contiene. Vistas juntas, las dos obras proponen una
pregunta sobre la naturaleza del color como energía: si la forma es constante,
¿es el color lo que determina si una presencia irradia o absorbe?
Inés Medina ha expuesto en el Museo de Bellas Artes de
Bilbao, la Fundación BBK, la Sala Rekalde, el Instituto Cervantes de Nueva
York, la Skoto Gallery de Nueva York y la Sede de las Naciones Unidas, entre
otras instituciones.