Susana Solano (Barcelona, 1946) ocupa un lugar central en la
renovación de la escultura española de la década de 1980. Su trabajo surge en
un momento de reactivación del lenguaje tridimensional tras el conceptualismo
de los años setenta, incorporando materiales industriales como el hierro, la
malla metálica o el acero en construcciones que combinan contención formal y
densidad espacial. Desde sus primeras series, Solano ha investigado la noción
de límite, interior y contenedor, desarrollando estructuras que no se conciben
como masas cerradas sino como arquitecturas mínimas que organizan el vacío. Su
participación en la Bienal de Venecia de 1988 consolidó su proyección
internacional.
La elección del hierro patinado sitúa Laberinto IV en el
interior de una genealogía escultórica española muy precisa, iniciada por Julio
González. Oteiza había convertido ese mismo material en instrumento de
desocupación espacial: sus cajas metafísicas eran el resultado de vaciar
progresivamente la masa hasta que el hueco interior conformaba el verdadero
sujeto de la obra. Chillida, por su parte, trabajó el hierro como límite: la
forma no encerraba el espacio sino que lo articulaba, y el espacio interior —ese
concepto que el escultor donostiarra nombró con insistencia— adquiría una
dimensión casi habitable. Solano hereda esas preguntas y las invierte. En Laberinto
IV el interior existe, pero no está disponible. El anillo perimetral de hierro
patinado establece un umbral claro entre el afuera y un adentro obstruido por
una trama de planchas que se cruzan generando compartimentos sin continuidad ni
salida. La estructura interna no organiza el vacío, lo fragmenta. La escala
contenida de la pieza acentúa la paradoja: el laberinto no es monumental sino
doméstico, íntimo, casi portable, lo que hace más inquietante su negativa a
dejarse habitar. Realizada en un momento
de consolidación de su lenguaje, la obra sintetiza la investigación de Solano
sobre el espacio como estructura psicológica y arquitectónica.
Sus piezas forman
parte de colecciones como la del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el
Museo Guggenheim Bilbao. Laberinto IV confirma la coherencia de una trayectoria
centrada en la articulación del vacío y en la construcción de límites físicos
que actúan como metáfora espacial.