En Fraile, la figura se presenta como un volumen compacto y vertical de proporciones alargadas. Esta escultura ocupa un lugar significativo dentro de la etapa final de su producción, cuando el artista retoma de manera puntual la práctica escultórica tras el largo silencio que había proclamado a finales de los años cincuenta. Recordemos que Oteiza anunció su “abandono experimental de la escultura” después de culminar su investigación sobre el espacio en obras como las desarrolladas en torno al proyecto para el Santuario de Arantzazu. Para él, la escultura había alcanzado entonces un grado de resolución teórica: su objetivo ya no era añadir masa sino liberar espacio. En este contexto, Fraile puede entenderse como una suerte de síntesis tardía de sus preocupaciones fundamentales. La figura del fraile sugiere recogimiento, interioridad y silencio, cualidades que dialogan directamente con la concepción oteiciana del vacío como espacio de energía espiritual. La escultura deja de ser un objeto que ocupa lugar para convertirse en una estructura que organiza el espacio, lo delimita y lo intensifica.En la trayectoria del artista, Fraile revela cómo, incluso después de su proclamado abandono de la escultura experimental, Oteiza seguía pensando el problema fundamental que había guiado toda su obra: cómo transformar la materia para que el verdadero protagonista sea el espacio.
La obra de Oteiza forma parte de colecciones como la del MOMA, el Georges Pompidou, el Guggenheim y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.